“Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas,”
David empieza reafirmando lo que ya sabe: tú eres mi Dios. La búsqueda intensa nace de una relación ya establecida, no de una duda lejana.
Él no describe curiosidad, sino sed — una necesidad que duele cuando no se satisface. El alma también puede deshidratarse sin la presencia de Dios.
Este salmo nace literalmente en el desierto de Judá, donde David se escondía. El paisaje árido a su alrededor se vuelve la imagen exacta de su alma sedienta.
'Mi carne te anhela' incluye la carne, no solo el espíritu. El deseo por Dios puede sentirse tan físicamente como cualquier otra hambre.
Buscar a Dios temprano, antes de que el día se llene de otras voces, le da a la sed del alma la primera y mejor atención, antes de que todo lo demás compita por ella.
Actúa: mañana, antes de tomar el celular o comenzar tus tareas, pasa cinco minutos diciéndole a Dios, en tus propias palabras, que tu alma tiene sed de él.