“Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos.”
La obediencia aplazada se va convirtiendo, poco a poco, en desobediencia. El salmista conocía el peligro de la demora.
Entre saber y hacer hay una grieta — y es ahí donde se multiplican las excusas. Ciérrala rápido.
El salmista no se arrastra hacia Dios; corre. Hay una prisa que no es ansiedad — es amor con urgencia.
Obedecer rápido en lo pequeño entrena el corazón para lo grande. La prontitud es un músculo.
Nos demoramos cuando dudamos de la bondad de Dios. Quien confía en que Él es bueno obedece sin regatear.
Actúa: esa obediencia que vienes aplazando — la disculpa, la conversación, la ofrenda — hazla antes del desayuno, hoy.