“Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.”
Encima del organigrama hay un nombre: a Cristo el Señor sirves. Eso cambia el peso de cada tarea.
Pablo escribía a siervos sin derechos. La promesa: el Señor paga con herencia lo que el mundo ni registra.
El reconocimiento humano falla; el registro del cielo, no. Ningún esfuerzo fiel escapa a los ojos de tu Señor.
Cuando el trabajo se vuelve servicio a Cristo, la obligación gana alma. La misma planilla, un nuevo porqué.
La recompensa final no cabe en la nómina. Trabajar con la eternidad a la vista da aliento para los días comunes.
Actúa: antes del desayuno, ora en voz alta: 'Cristo, hoy trabajo para ti' — y lleva esa frase a tu primera tarea.