“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías describió la cruz setecientos años antes de que existiera. El Calvario no tomó a Dios por sorpresa: fue promesa cumplida.
Cada herida tenía un motivo, y el motivo éramos nosotros. Él cargó lo que nuestro pecado merecía para que nosotros no tuviéramos que cargarlo.
Él recibe el castigo; nosotros recibimos la paz. La cruz es el intercambio más desigual de la historia — y Él mismo lo propuso.
Lo que el pecado rompió, sus llagas lo restauran. La sanidad del alma fluye precisamente de las cicatrices que Él eligió llevar.
A Jesús no lo acorralaron las circunstancias; caminó hacia la cruz a propósito. El propósito eras tú.
Actúa: ponle nombre a la culpa que sigues cargando, entrégasela a Dios en una frase sincera y déjala en la cruz antes del desayuno.