“Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.”
Pedro creyó que siete veces era generosidad de sobra. Jesús respondió con un número imposible de contar.
Setenta veces siete no es un límite más alto; es el fin de las cuentas. El perdón verdadero no lleva marcador.
El amor no archiva ofensas para usarlas después. Cada perdón arranca una página del cuaderno.
Perdonar muchas veces no es debilidad repetida; es entrenamiento. Cada repetición forma en ti el corazón del Padre.
¿Cuántas veces te ha perdonado Dios la misma falta? La medida que usa contigo es la que te pide.
Actúa: identifica la ofensa que más contabilizas y perdónala otra vez hoy, antes del desayuno — aunque sea la septuagésima vez.