“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”
Tus días no son infinitos — y eso no es una mala noticia. Es el límite lo que da peso y belleza a cada mañana.
El Salmo 90 es de Moisés, que vio pasar una generación entera en el desierto. Quien conoce la brevedad de la vida ora así.
Quien cuenta sus días deja de desperdiciarlos. El calendario se vuelve un filtro: ¿qué merece de verdad tu hoy?
La meta no es matemática, es madurez. Contar los días es ejercicio del corazón — aprender a amar lo que permanece.
No administras la vida entera de una vez; administras un día. Vive este con intención, y los años se acomodan.
Actúa: antes del desayuno, escribe la fecha de hoy en lo alto de una hoja y, debajo, la única cosa que más importa hacer. Hazla primero.