“El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.”
Naamán quería un río más grande, un milagro más impresionante — pero Dios eligió el Jordán común para quebrar su orgullo antes de sanar su piel.
No fue el agua lo que sanó a Naamán, fue su disposición a hacer exactamente lo que Dios dijo, aun sin entender por qué.
Tuvo que continuar aun cuando nada parecía cambiar después de la primera, segunda o tercera inmersión — la fe perseverante completó la obra.
Su piel quedó como la de un niño pequeño — Dios no solo quitó la enfermedad, le devolvió a Naamán algo nuevo y fresco.
Eliseo ni siquiera salió a ver a Naamán personalmente — la palabra enviada por un mensajero fue suficiente, porque venía de Dios.
Actúa: piensa en una instrucción sencilla de Dios que has postergado por parecer demasiado pequeña, y obedécela hoy sin exigir explicaciones.