“Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado.”
Antes de este versículo llegaron un viento fuerte y un terremoto — y en ninguno de los dos estaba el Señor. Dios no siempre se manifiesta donde esperamos.
Es notable que el mismo profeta que vio fuego descender del cielo en el Carmelo ahora aprende que el fuego, por sí solo, no garantiza la presencia de Dios.
Después de todo el espectáculo, Dios elige hablar en un silbo apacible — casi silencio. Hace falta estar quieto para no perdérselo.
El profeta llega a este monte huyendo, desanimado, pidiendo morir. Dios no lo reprende — viene a hablarle bajito a un corazón cansado.
Después del silbo, Dios repite la misma pregunta de antes: "¿Qué haces aquí?" Primero se acerca; solo después pregunta.
Actúa: separa cinco minutos de silencio total hoy, sin teléfono ni ruido, y solo escucha — tal vez ahí es donde Dios quiera susurrarte algo.