“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”
Jesús reclama sus títulos más altos — y entonces se arrodilla. En él, la autoridad y la humildad viven en la misma casa.
Lavar pies era la tarea del siervo más bajo de la casa. Si el Maestro la abrazó, ningún servicio es demasiado pequeño para el amor.
En aquella vasija también entraron los pies de quien lo traicionaría. El amor de Jesús sirve incluso a quien puede herirnos.
“Vosotros también debéis” — la toalla no es opcional para quien sigue a Cristo. Su ejemplo viene con invitación y comisión.
Servir en lo escondido, sin público, forma un corazón que no depende del aplauso. Allí la humildad echa raíces.
Actúa: antes del desayuno, elige una tarea humilde que nadie verá — lava los platos, saca la basura, ora por quien te hirió — y hazla como adoración.