“Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”
Dios no quitó las serpientes del campamento — dio una manera improbable de sobrevivir a ellas, y esa manera exigía obediencia, no lógica.
Moisés hizo la serpiente de bronce y la puso en el asta tal como se le indicó — sin mejorar el plan, sin añadir sus propios métodos.
El que era mordido no necesitaba un ritual complicado — bastaba alzar los ojos hacia el asta y vivir, un retrato sencillo de la fe salvadora.
En Juan 3:14, Jesús señala esta misma serpiente levantada como figura de sí mismo alzado en la cruz para todo el que cree.
El pecado, como el veneno de la serpiente, sigue corriendo por las venas hasta que los ojos se vuelven hacia el único remedio que Dios proveyó.
Actúa: Detente ahora y, en lugar de intentar arreglar lo que el pecado ha herido en ti, simplemente mira a Cristo crucificado y da gracias en voz alta por la vida que Él te da.