“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”
Jesús enseña a empezar no por la lista, sino por la relación. Orar es conversación de hijo, no trámite de extraño.
"Padre nuestro": nunca oramos solos. Cada oración nos une a una familia que se extiende por el mundo entero.
El Padre está en los cielos: más grande que cualquier problema tuyo. Y aun así se deja llamar Padre: más cerca de lo que imaginas.
Antes de mis planes, su Reino. Orar así reordena el día: las prioridades de Dios pasan delante de mis urgencias.
Entregar la voluntad no es darse por vencido, es confiar. En las manos del Padre, la entrega se vuelve descanso.
Actúa: ora el Padrenuestro despacio, en voz alta, antes del desayuno — y detente diez segundos después de la palabra "Padre".