“Y vino Jehová y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye.”
Dios no gritó de lejos; vino y se quedó allí, llamando por el nombre. La presencia de Dios busca cercanía, no distancia.
El nombre se repite dos veces, como Dios hace con Abraham y Moisés. Un llamado repetido es personal, urgente y lleno de ternura.
El texto dice que Samuel aún no conocía personalmente a Jehová, aunque servía en el templo. Estar cerca de cosas sagradas no sustituye conocer a Dios.
Nota el orden de las palabras: escuchar viene antes de entender. Samuel se coloca en postura de siervo listo a obedecer, no solo curioso.
Fue Elí, un sacerdote imperfecto, quien enseñó al niño a responder correctamente. Dios usa incluso guías imperfectos para preparar corazones para Él.
Actúa: reserva cinco minutos en silencio hoy y di en voz alta: "Habla, Señor, tu siervo oye", esperando de verdad una respuesta.