“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.”
David oró estas palabras después de su peor fracaso. La humildad empieza donde termina el disimulo.
"Crea" es el mismo verbo de Génesis. Un corazón limpio no es superación personal; es obra que solo Dios hace.
Dios no pide un historial impecable, sino un corazón sincero delante de él. La honestidad es el primer paso de la pureza.
David también pide firmeza: un espíritu recto. La renovación no es un evento único; se cultiva a diario.
El pecado nubla los ojos; el corazón limpio vuelve a ver a Dios con claridad y gozo.
Actúa: antes del desayuno, ora el Salmo 51:10 en voz alta y entrégale a Dios algo específico que pese en tu conciencia.